jueves, 15 de octubre de 2015

Prohibido mirar

A帽adir leyenda



Me complace comunicaros que el concurso de microrelatos sigue cobrando fuerza, prepar谩ndose
para iniciar un fulgurante despegue, que le convertir谩 en una estrella de facebook. El hortelano poeta aport贸 su granito de arena al evento con el micro que os deja a continuaci贸n:








Prohibido mirar
Tuviste que mirar a ver si era cierto que aquellos dos enviados del cielo, eran capaces de acometer la espantosa atrocidad que Dios les hab铆a encomendado. “Prohibido mirar atr谩s,” te hab铆an dicho mientras te empujaban hacia el monte, pero t煤 no hiciste caso y volviste la cabeza. Te quedaste all铆, clavada en el suelo, llorando l谩grimas de sal.

martes, 29 de septiembre de 2015

Atracci贸n fatal


La semana pasada celebramos nuestro habitual concurso de micro relatos; en esta ocasi贸n y por primera vez en Facebook. Se sald贸 con seis micros, entre ellos el m铆o, un fascinante relato que titul茅: "Atracci贸n fatal" y que qued贸 en un modesto cuarto lugar. El relato ganador, el que se llev贸 el oro, fue: "El hada en el pozo" de Rosa G P, que pod茅is leer, si no lo hab茅is hecho todav铆a, en su blog: Algunas Peque帽as Historias. Muy bellas, por cierto. 

Aqu铆 os dejo el m铆o:

Atracci贸n fatal


Dios… Cu谩nto te echo de menos. ¡C贸mo a帽oro nuestras citas a escondidas! Me han dicho que me olvide de ti para siempre. Te echan la culpa de mis males; pero yo no creo que pueda vivir sin ti, anhelando desesperado sentir en mis dedos la c谩lida y suave textura de tu cuerpo esbelto, acercarte a mis labios, humedecerte con mi saliva y chupar, chupar hasta consumirte, sintiendo tu calor correr por mis venas y exhalar poco a poco el humo, dibujando c铆rculos, viendo como se elevan por encima de mi cabeza y se diluyen en el aire.

martes, 15 de septiembre de 2015

hechizado







Hola, amigos: Soy el Duende entre las hortalizas. En primer lugar, quiero daros las gracias a los que hab茅is visitado este blog, tristemente abandonado por su due帽o. Ignoro si alguien se ha preguntado por qu茅 dej贸 de escribir El hortelano poeta. La respuesta m谩s corta ser铆a: Por que est谩 viejo. Esto fue lo que ocurri贸: los personajes de todas las peque帽as historias que invent贸, se pasaron de unas a otras y andan mezclados y revueltos en su cabeza, de modo que ya no sabe qui茅n es qui茅n ni a qu茅 historia pertenece. 
Pero 茅sta semana tengo una noticia positiva: Encontr茅 un peque帽o relato, menos de cien palabras, escritas por el Hortelano en la penca de una acelga. Lo copi茅 en su PC y lo envi茅 al concurso de Bubok. Ah铆 os lo dejo:

Hechizado.

El tren no pas贸 m谩s por el valle donde Joaqu铆n apacentaba sus ovejas, pero cada d铆a a la misma hora, el pastorcillo se sentaba al lado de la v铆a a esperarle, con la ilusi贸n de volver a ver a la preciosa jovencita, que un d铆a le mir贸 con ojos tristes, tras el sucio cristal de una ventanilla del 煤ltimo vag贸n.

domingo, 18 de enero de 2015

Adi贸s

Hola, quien quiera que seas, me imagino que has llegado a esta p谩gina con la idea de echarle un vistazo al cap铆tulo IV de este pintoresco relato. Pues ya te informo yo que Rait谩n no ha vuelto a escribir nada de nada y no piensa hacerlo, ni ahora ni en adelante. Dice que est谩 cansado de inventar historias para que casi nadie las lea. ¿Qu茅 qui茅n soy yo y qu茅 hago aqu铆? Soy el Duende entre las hortalizas. Fui amigo 铆ntimo de la Eufrasia; s铆, s铆, la que fue presentada como un personaje siniestro en esta obra. Menos mal que el autor abandon贸 pronto esta historia absurda y disparatada, pero aunque me alegre por mi amiga, me ha disgustado que abandonara el blog, sin cerrarlo siquiera y sin despedirse, demostrando muy poco respeto por sus cuatro o cinco seguidores. As铆 que me dije: “Tienes que escribir t煤 mismo unas palabras de despedida y, en la medida de lo posible, debes aprovechar para reivindicar el honor y el buen nombre de La Eufrasia.” Cierto es que cort贸 muchos trajes a sus vecinas hasta que el cura nuevo le par贸 los pies con su magnet贸fono; pero tambi茅n hay que decir que para el autor de este blog fue una fuente inagotable de informaci贸n y de inspiraci贸n.  Y ya que estoy aporreando la teclas y como se me figura que te gustar铆a saber si Noelia y Abel llegaron a ser novios, no me queda m谩s remedio que adelantarte algo de lo que pas贸 y que yo, por mi condici贸n de duende, supe enseguida con todo lujo de detalles.

IV
Abel y la prima Rosario
31 de diciembre de 1956
Se ve muy dif铆cil un noviazgo entre Noelia y Abel. Menuda es ella. Dice que a los trece a帽os los chicos son torpes, inconscientes, irresponsables y bocazas. Ellas no son as铆. Noelia est谩 enamorada de Pedro, que tiene diecisiete. Abel todav铆a no lo sabe, pero no tardar谩 en pillarles morre谩ndose; (perdona por utilizar una palabra tan vulgar. En el dos mil quince, a besarse de ese modo le llamar谩n “comerse la boca," expresi贸n igual de ordinaria, pero por ahora, a finales de mil novecientos cincuenta y seis, todav铆a no se utiliza). Bueno, el caso es que Pedro le rob贸 un beso a Noelia  la noche  de la Navidad, a la salida de la misa del Gallo; hace seis d铆as de esto y desde entonces se han pasado todas las tardes bes谩ndose por los rincones. Pero hoy es Noche vieja; habr谩 baile de pandereta en la casa-escuela y los dos enamorados probablemente exhibir谩n en p煤blico su amor, para disgusto de Abel; un disgusto que no ser谩 excesivo, supongo, porque Abel est谩 en la inopia m谩s de lo que ya es habitual en 茅l,  y el motivo es que ayer vivi贸 una experiencia que tardar谩 en olvidar y que seguramente le har谩 m谩s llevadera la p茅rdida de Noelia. Te la cuento:
Era a 煤ltima hora de la tarde, cuando el ins贸lito rugido de un motor de gasolina, sorprendi贸 al vecindario. Los ni帽os corrieron a ver qu茅 pasaba y algunas vecinas se asomaron a las ventanas con la curiosidad pintada en sus caras. El objeto causante de aquel revuelo, una moto Vespa, conducida por una esbelta jovencita, lleg贸 seguida de una densa nube de polvo y se detuvo justo delante de la casa de los abuelos de Abel. La jovencita ech贸 pie a tierra, se acerc贸 a Irene y a Antonio y les abraz贸.
-¿Qui茅n es? –pregunt贸 Abel, en un susurro, a su abuela.
-Rosario, la prima de tu padre –dijo ella, antes de acercarse a abrazarla.
Detr谩s de la abuela acudi贸 el abuelo a recibirla, quit谩ndose las gafas y restreg谩ndose los ojos con el dorso de la mano. Por 煤ltimo le toc贸 el turno a Abel que not贸, al arrimarle la cara, un ligero olor a alcohol en el aliento de la joven.
-¿Qu茅 tal por Madrid?, –pregunt贸 Antonio a Rosario y sin esperar respuesta a帽adi贸-. ¿Ha venido tu madre?  
-No, vine yo sola.
-¿Qu茅 tal est谩 ella?
-Bien.
-¿Y c贸mo te dio por venir as铆… sin avisar ni nada?
-Vine para quedarme. Voy a cuidar  de la madre de mi padre que est谩 muy mal de la cabeza, la pobre. No est谩 para dejarla sola.
-¿Tan mal est谩?
-S铆. A veces me confunde con mi madre y a veces me pregunta qui茅n soy.
La abuela regres贸 a la cocina para ponerse a preparar la cena y Abel la sigui贸:
-Abuela, parece muy joven para ser prima de mi padre, ¿verdad?
-Su madre, mi hermana, es mucho m谩s joven que yo –dijo la abuela y a帽adi贸 enseguida-: Coge esa cesta y vete a por le帽a para la cocina.

Aquella noche Rosario, conocedora del mal estado de la cama plegable donde iba a dormir Abel, le ofreci贸 una habitaci贸n en su casa y 茅ste acept贸 r谩pidamente, antes de que sus padres empezaran a decir que no era necesario.
Si la llegada de Rosario hab铆a causado expectaci贸n, no fue menos la que provoc贸 ver a Abel viajando en la moto, de paquete, abrazado a la cintura de la prima.  
M谩s tarde, a las diez de la noche, los dos jugaban a las cartas en el sal贸n de la abuela de Rosario. Sentados en el sof谩, frente a frente, escuchando en la radio una canci贸n rid铆cula de Pepe Pinto, titulada: Trigo limpio y que comienza con la frase: “Maria Manuela ¿me escuchas?,” Abel ten铆a que hacer un tit谩nico esfuerzo para que sus ojos no se quedaran prendidos de los diez cent铆metros de muslo que la falda de Rosario dejaba al descubierto. Intent贸, sin mucho 茅xito, concentrarse en sus cartas y en la canci贸n mientras dur贸, luego decidi贸 plantearle a Rosario un par de dudas que su madre no hab铆a conseguido aclararle.
-Mi abuela y tu madre son hermanas, pero mi abuela es mucho mayor. ¿Cu谩ntos a帽os le lleva?
-Dieciocho.
-¿Dieciocho? Entonces, ¿tu madre cuantos tiene? ¿Cuarenta y dos?
-Cuarenta y uno.
-¡Anda ya! ¡Eso es imposible!
-¿Por qu茅 es imposible?
-Porque mi padre, tiene cuarenta y dos. ¡C贸mo va a ser m谩s joven la t铆a que el sobrino!
Rosario se sirvi贸 un vaso de vino  blanco espumoso y abri贸 un refresco para Abel. Cuando volvi贸 a sentarse en el sof谩, con las piernas encogidas, Abel, perdi贸 su concentraci贸n e hizo una mala jugada que le llev贸 a perder aquel juego.
-Es f谩cil; te lo explico –dijo Rosario.
-¿El qu茅?
-Lo de la edad de nuestros padres. Tu bisabuela ten铆a diecis茅is a帽os cuando tuvo a su primera hija, tu abuela. Fue en el a帽o 1897. Su marido muri贸 al a帽o siguiente en la guerra de Cuba y diecis茅is a帽os despu茅s, en 1914, ella inici贸 una relaci贸n con un oficial del ej茅rcito. Para entonces, su hija, es decir tu abuela ya cortejaba con tu abuelo. Las dos, madre e hija, quedaron embarazadas con ocho meses de diferencia. Primero tu abuela, tuvo a tu padre, y luego tu bisabuela tuvo a mi madre.
-¿Y qu茅 pas贸 con el bisabuelo?
-Le enviaron a 脕frica y no volvi贸.
-Menudo l铆o
-Te he vuelto a ganar –dijo Rosario, dejando las cartas en el sof谩, entre los dos y levant谩ndose. Sin soltar el vaso del vino, fue hasta un caj贸n del mueble bar y volvi贸 con un par de pendientes de oro en la mano.
-¿Me acompa帽as al baile? –dijo, mientras intentaba ponerse un pendiente. 
-S铆, pero te advierto que no s茅 bailar.
En la radio sonaban ahora Violetas Imperiales, en la voz de Luis Mariano.
-Lev谩ntate; te voy a ense帽ar.
Abel obedeci贸.
-Pon la mano en mi cintura.
-¿Oye, vamos a marchar y dejar a la vieja sola?
-Conc茅ntrate en no pisarme y olv铆date de la vieja. Suele dormir toda la noche como un lir贸n.
Bailaron tres piezas y luego Rosario intent贸 de nuevo sin 茅xito ponerse los pendientes.
-¡Jo, qu茅 torpe estoy! Toma p贸nmelos t煤, ¿quieres?
Abel cogi贸 uno de los pendientes; su sistema de rosca lo hac铆a un poco complicado. Se acerc贸 a la joven, desliz贸 el pendiente en su oreja pero el clip se le escurri贸 entre los dedos.
-¡Mierda, se me cay贸 la tuerca!
-Est谩 aqu铆 –dijo ella- desabroch谩ndose un bot贸n de la camisa-, se qued贸 enganchada en el sujetador. C贸gela.
-¿En el sujetador? No la veo.
-Justo en medio. Ten cuidado que no caiga al suelo.  ¡Uf!, tienes las manos fr铆as como el hielo. ¿La cogiste?
-S铆 s铆, ya… ya la tengo.

El segundo pendiente no le dio problemas y quince minutos despu茅s, Rosario y Abel llegaron a la casa-escuela, convertida aquella noche en sal贸n de baile. Se abrieron paso entre la gente, consiguiendo que todas las miradas del personal masculino se volvieran hacia la joven. Desde una esquina, yo me fij茅 en Abel y me pareci贸 que hab铆a crecido varios cent铆metros, imbuido de la importancia que le otorgaba ser el acompa帽ante de “la madrile帽a.”

viernes, 9 de enero de 2015

No dejes que te atrapen


Aqu铆 os dejo la tercera entrega de una historia que a煤n no tiene t铆tulo. Las dos anteriores fueron:
 La chica de la curva y 
El cura nuevo


III
¡No dejes que te atrapen!

El d铆a de los Santos inocentes, a media ma帽ana,  Abel cogi贸 su bicicleta con intenci贸n de acercarse hasta la B谩rcena, la  peque帽a aldea donde viv铆a Noelia. Al salir a la calle se encontr贸 con Adelardo, el hijo de Paquita, que ven铆a haciendo acrobacias en la suya, y ambos se lanzaron carretera abajo sin prestar mucha atenci贸n a los nubarrones, cada vez m谩s oscuros, que se cern铆an sobre sus cabezas. Entre los dos empezaba a surgir una sincera amistad.
A la Eufrasia, las magulladuras y moratones que sufri贸 el d铆a anterior a causa de su encuentro con Paquita, no le impidieron levantarse de la cama aquella ma帽ana, dispuesta a presentarse en el Cuartel de la guardia civil, que estaba en la capital del municipio, a siete kil贸metros del pueblo, para denunciar la agresi贸n. Tom贸 un lingotazo de aguardiente para animarse, cerr贸 la puerta con llave y se puso en camino.  Hac铆a fr铆o; enseguida se arrepinti贸 de no haberse puesto ropa de m谩s abrigo.  Cuando hab铆a recorrido dos kil贸metros empez贸 a llover; un viento helado le revolvi贸 el paraguas y el chaparr贸n m谩s fuerte le cay贸 encima de lleno. Empapada de pies a cabeza y casi congelada, comprendi贸 que la mejor opci贸n que le quedaba era dar la vuelta y regresar a su casa.
Al pasar por delante del molino que hab铆a junto a la carretera, se qued贸 mirando las dos bicicletas que estaban apoyadas contra la puerta. Sab铆a que una era del hijo de Paquita. “Ah铆 la tienes, a menos de cinco metros; ¿qu茅 mejor venganza?, –le susurr贸 el diablo al o铆do-. Ac茅rcate a ella, c贸gela por el sill铆n y l谩nzala al fondo del r铆o.” Eufrasia dio dos pasos en direcci贸n a las bicicletas, pero apenas meti贸 un pie en la cuneta, las zarzas le ara帽aron una pierna, se le engancharon en el vestido y amenazaron desnudarla si daba un paso m谩s.
-¡Mierda! –exclam贸 enfurecida, retrocediendo. Ech贸 una mirada de odio a las bicicletas y decidi贸 que era mejor olvidarse de ellas y volver a casa, a quitarse aquella ropa mojada antes de exponerse a pillar una pulmon铆a.
 Abel y Adelardo la vieron pasar desde dentro del molino, donde se hab铆an refugiado de la lluvia.
-¿Pero 茅sa bruja no estaba medio muerta a causa de la paliza que le dio tu madre? –exclam贸  Abel se帽al谩ndola con el brazo extendido
Adelardo se asom贸 apenas un instante y enseguida se volvi贸 de espalda y empez贸 a restregarse los ojos con la manga de la chaqueta, llorando.
-Perdona, no pens茅 que te iba a parecer mal–se excus贸 Abel.
Adelardo ten铆a los mismos a帽os que Abel y muchas veces hab铆a sido v铆ctima de las pullas de sus compa帽eros de clase.
-Primero s贸lo se met铆an conmigo diciendo que mis padres viv铆an en pecado, porque no estaban casados –le confes贸 a Abel-,  pero un d铆a, hace ya ocho a帽os, un vecino denunci贸 a mi padre, acus谩ndole de  comunista y de ayudar a los fugados.
-¿Qui茅n son los fugados?
-Los Maquis; hombres que  lucharon contra Franco y, al acabar la guerra, se echaron al monte para evitar que les metiera en la c谩rcel. La guardia civil lleg贸 a mi casa de madrugada; mi padre estaba en la cuadra, les vio y huy贸 hacia las monta帽as. No volv铆 a verle.
-Hay que ser muy mala persona para denunciar a un vecino.
-Si te cuento un secreto, ¿me prometes no dec铆rselo a nadie?
-Te lo prometo.
-J煤ralo.
Abel form贸 una cruz con los dedos 铆ndices de las dos manos, la bes贸 y dijo:
-Lo juro.
Adelardo baj贸 la voz, a pesar de que nadie pod铆a o铆rles:
-Mi madre, sabe d贸nde est谩. Se encuentra a veces con 茅l en el monte, en alg煤n sitio secreto.
-¿Nunca te llev贸 con ella?
-No. Dice que eso es muy peligroso.
Durante un rato permanecieron callados y de pronto Abel dijo:
-Yo tambi茅n tengo un secreto… bueno, yo no,  mi padre. –Adelardo le mir贸 vivamente y Abel continu贸-: Mi padre escucha la radio por la noche; una emisora comunista que le llaman La Pirenaica. Est谩 prohibido escucharla.
-¡Anda! Pues que tenga cuidado, que c贸mo se entere la guardia civil, lo llevan al Cuartel y lo muelen a hostias.
-Ya lo s茅, pero pone la radio muy baja y con la luz apagada.
Adelardo se asom贸 al ventano y dijo:
-Ya par贸 de llover; ¿nos vamos?
-S铆, v谩monos –acept贸 Abel.
Salieron afuera entre las zarzas y se abrieron camino con un palo.
-Pep铆n dice que han inventado una cosa que es mejor que la radio –dijo Adelardo, sin parar de darle palos a las zarzas.
-¿Qu茅 cosa? –inquiri贸 Abel.
-La televisi贸n.
-Algo he o铆do, pero todav铆a no he visto ninguna.
-Pep铆n dice que es un poco mayor que la radio y que por delante tiene una pantalla donde se ven las im谩genes.
-¿Qu茅 im谩genes?
-Cantantes y gente que habla o hacen cosas.
-¿C贸mo el cine?
-S铆, pero en peque帽ito.
-Pues vaya invento de mierda.
-S铆.
Al llegar al pueblo, antes de despedirse, Adelardo pregunt贸:
-¿Vas a salir por la tarde?
-Depende. Si mi padre no ha cambiado de idea… Me habl贸 de llevarme con 茅l a ver una caba帽a de mi abuelo.
-¿Te gusta ver caba帽as?
-No lo s茅. De todos modos, mi padre no me pregunt贸 si me gustan o no.
-¿No te pregunt贸?
-No; mi padre no suele preguntarme si me apetece hacer algo. Dice: “vamos a hacer esto” y si no me gusta, me aguanto.
-Peor es no tener padre. Bueno, me voy que debe de ser tard铆simo. A ver si nos vemos ma帽ana.
-Hasta ma帽ana, Adelardo.

A las tres de la tarde, Abel, su padre y su abuelo salieron del pueblo, hacia la finca que 茅ste ten铆a en el monte. El objetivo de aquella excursi贸n era  quitar una o dos goteras del tejado de la caba帽a. 脡sta era una peque帽a construcci贸n  de gruesas paredes de mamposter铆a, (piedras y arcilla) que constaba de dos piezas adosadas: la cuadra y un habit谩culo m谩s peque帽o d贸nde se guardaban los aperos.
Abel dej贸 su mochila sobre un banco de madera que hab铆a a la entrada, mientras su padre, con las manos en los bolsillos de la zamarra, contemplaba el vuelo de una bandada de cuervos en torno al pico de la monta帽a. El abuelo se dirigi贸 a la cuadra, empuj贸 la pesada puerta de madera de casta帽o, volvi贸 a cerrarla de golpe y llam贸:
-¡Antonio! ¡Abel! Acercaros. Hay algo aqu铆 dentro.
Se acercaron, el abuelo abri贸 un poco y miraron por la rendija. Lo “que hab铆a dentro” corri贸 hacia la puerta. El abuelo cerr贸.
-Un corzo –dijo.
-¿C贸mo entr贸? –pregunt贸 Abel.
-Seguro que encontr贸 la puerta abierta y mientras estaba dentro se le cerr贸 –le explic贸 el abuelo.
Armados con una pala y una horca, Antonio y el abuelo, empujaron muy despacio la puerta de la cuadra, s贸lo lo justo para poder pasar por el hueco. Abel se preguntaba por qu茅 no abr铆an y le dejaban marchar; ten铆a entendido que los corzos no eran agresivos ni da帽inos. Su padre le agarr贸 por un brazo y le arrastr贸 al interior, mientras el corzo intentaba de nuevo, infructuosamente, aprovechar aquella rendija para escapar.
-Sujeta la puerta –le dijo Antonio a su hijo
-Es una corza joven –dijo el abuelo, mientras 茅l y su yerno intentaban acorralarla.
La corza retrocedi贸 hasta una esquina. Temblaba y Abel contemplaba la escena con los ojos desorbitados. El abuelo intent贸 pincharla con la horca, mientras Antonio le lanzaba un golpe a la cabeza con la pala. Entonces sucedieron  dos hechos de forma simult谩nea y vertiginosa: De un salto, la corza escap贸 al cerco derribando en su huida al padre de Abel y  el chico dio un tir贸n de la puerta, abri茅ndola apenas cuarenta cent铆metros, lo suficiente para que el animal se colara por el hueco como una exhalaci贸n.
Apenas dos segundos tard贸 la corza en desaparecer entre la maleza del monte, pero, en lo que dur贸 ese instante, su sombra fugaz se convirti贸, para los ojos de Abel, en la sombra de un hombre con una vieja escopeta y un letrero en la espalda: “Soy el padre de Adelardo” Y Abel murmur贸:
-¡No dejes que te atrapen!
-¡¡Qu茅 haces!! ¡Eres tonto! –grit贸, demasiado tarde, el abuelo. Luego, al ver el semblante abatido de su nieto, suaviz贸 el tono-: ¿Por qu茅 abriste la puerta?
-No lo s茅; fue sin querer –contest贸 Abel.
-No mientas –refunfu帽贸 su padre.
-Bueno, es que… de repente me entr贸 miedo.
-¡Me entr贸 miedo! –repiti贸 Antonio burl谩ndose-. ¡Imb茅cil!

Una hora m谩s tarde, mientras regresaban al pueblo, el abuelo pos贸 una mano en el hombro de su nieto y le dijo en voz baja:
-Escucha, jovencito: Los animales del bosque son comida; darles caza para convertirlos en chuletas no es un crimen, es una de las leyes que rigen la Naturaleza. Esta corza se libr贸 por ahora, pero tal vez esta misma noche caiga en las garras del lobo, que no le andar谩 con remilgos a la hora de hincarle el diente. Y, si no es el lobo, esta noche, puede ser el rifle del cazador ma帽ana. ¿Lo entiendes?
-S铆, claro, es que… no s茅 qu茅 me pas贸 –murmur贸 Abel, mir谩ndose la punta de los zapatos.